Campanas al vuelo
12 Septiembre, 2008JULIÁN ARROYO (Alameda de Osuna)
Tanto el señor Delgado como la señora Santo Tomás escriben sobre dos situaciones lamentables, en el último número de DISTRITO 21: la «fechoría» y la «hazaña» que ha destrozado el mecanismo que mueve las campanas y el que hayan dejado de sonar como consecuencia.
El primer hecho es rechazable y el referente al sonido, discutible. Lo que no se puede es mezclar los dos, hay que distinguirlos matizadamente. El sonido de campanas de la confesión católica es siempre algo privado para los creyentes de la misma y no puede elevarse a categoría de universal por majestuoso que resulte. No se puede obligar a nadie a oírlo, si no quiere, porque se faltaría al respeto debido. Lo mismo vale para cualquiera otra manifestación religiosa: a nadie se le puede obligar a ir a misa o a recibir clases de religión en la escuela, por ejemplo.
Lo que hay que hacer es tratar de llegar a un acuerdo razonable, porque la mezcla de planos es torpe y peligrosa para la convivencia, que es lo que puede estar en juego.
Por otra parte, me parece una exageración considerable acudir a la historia hasta remontarse al siglo VI para defender las campanas y ver en el acto el deseo de «hacer callar la voz de la Iglesia». Y resulta burdo pensar que esto se encuentra en la línea del «acoso… del Gobierno… a los católicos». Igualmente es una exageración acudir a la literatura y hablar de fobias, lo que es únicamente explicable por la excesiva sensibilidad de los autores, molestos por los hechos. Un ámbito privado no puede convertirse en público. La mejor forma de que se respete lo que es de Dios es dar a César lo que es de César.
Me gustaría que se pudiera reflexionar serenamente, con equilibrio y lucidez, antes de lanzar las campanas al vuelo o al revuelo.
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