Violencia y desigualdad de género: fenómenos de raíz común
6 Septiembre, 2008
MARÍA JESÚS GONZÁLEZ VÁZQUEZ
Hace más de años que fue publicado este artículo, que escribí consternada por los asesinatos de mujeres con los que se estrenaba aquel año. Y una vez más me siento impulsada a trasladar aquellas reflexiones a posibles lectores o lectoras, en esta ocasión a través de un medio digital, porque estamos, una vez más, ante otra veraniega oleada de violencia de género, con especial incidencia en mujeres procedentes de culturas con mayor impronta machista, y en una situación de precariedad y desamparo mayor que el de nuestras compatriotas; que padecen una situación de desigualdad cultural y real más profunda, lo que refuerza, de algún modo, el contenido del texto, sintetizado en su título.
Recién nacido el 2006 ya se ha teñido con sangre de mujer. La violencia de género no cesa y obliga a seguir hablando de alguna de sus causas y de lo que tiene en común con la desigualdad de sexos, fenómenos fundamentados en la cultura, no en la biología, que los convierte en cuestiones de género. Aunque todavía se arguyan razones naturistas para justificar la discriminación de las mujeres. Cada día se informa de la muerte violenta de una o varias: una rutina, algo cotidiano que ya ni sorprende; y aunque nos inquiete, enseguida es olvidado y sustituido por otras noticias que acaparan interés y portadas: una catástrofe bélica, natural, o un tema político puntual acaparan el interés. En este contexto tratar episodios de violencia de género implica el riesgo de no despertar la atención deseada; el tema no genera la necesaria preocupación social. Solo interesan porcentajes y estadísticas, muy importantes en cualquier informe o estudio, pero también muy fáciles de olvidar, porque pasado el impacto momentáneo, lo perdurable es la idea del hecho. Por eso hay que ponerlo en evidencia de continuo: el hecho violento y la raíz común con la discriminación de género que lo alimenta. Cada día hay que insistir en la visión arcaica que aún perdura del papel de la mujer. Lo creemos superado cuando vivimos y nos relacionamos en un medio cercano a nuestras ideas, mas o menos evolucionadas en determinadas cuestiones, pero sin salir de la realidad de nuestro país, o de la comunidad donde vivimos, existe un mundo que no valora los avances de las mujeres, se beneficia económicamente de su doble jornada y apenas se inquieta por la violencia que sufren. El salario no las libra siempre de la fuerza o preeminencia masculina y esto no atañe solo a generaciones maduras. En rigor hay que decir que la percepción secundaria de la función de las mujeres tampoco es exclusivamente masculina, pero las convierte en víctimas mayoritarias de la violencia. Muchas tienen que cambiar todavía su perspectiva de género, pero este tema merece otra reflexión. Ahora hay que poner de relieve como en nuevas generaciones de varones persiste una visión patriarcal del papel femenino: la violencia de género se produce también entre parejas jóvenes. La mujer sigue siendo, en amplios sectores y en muchas culturas, alguien sobre quien se pueden tomar decisiones de índole diversa, desde dirigir sutilmente su voluntad hasta privarla de su albedrío: un mal trato psicológico que se da en alto grado, pero pasa más desapercibido que la violencia física. Y su daño es tan inmenso como ignorado. Las razones que llevan a un hombre joven, maduro o anciano, a la agresión pueden ser diversas, pero en todas subyace un sentimiento de propiedad y superioridad respecto a la mujer. Sentimiento con grados y matices y también afortunadamente con muchas excepciones, pero hay que resaltarlo por las conductas violentas y la desigualdad de género que origina o mantiene y que a su vez, retroalimenta la violencia.
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