Génova, 13 Rúe del Percebe
9 Junio, 2008JUAN MANUEL PUENTE
Concebida por el genial dibujante Ibáñez, la tira cómica 13 Rúe del Percebe nació en 1961, en la revista TÃo Vivo (¿lo de tÃo vivo serÃa una premonición?), mucho antes de que Fraga Iribarne soñase siquiera con poner en pie aquella Alianza Popular que, con los años y refundaciones, acabarÃa conformando esta otra tira cómica que hoy conocemos como Génova, 13 Rúe del Percebe.
La original era una casa sin fachada, no porque en aquellos tiempos fuese imposible encontrar fachas, de los que andábamos sobrados, sino para que todos pudiésemos husmear en la vida de tan curiosos inquilinos y reÃrnos con sus ocurrencias. La de Génova, 13, en cambio, tiene mucha fachada, militantes y simpatizantes que a veces se desbordan por los aledaños, ocupan la calzada y las aceras, y utilizan el mismo fervor –eso que no falte– para llamar asesino a Zapatero o enano a Jordi Pujol que para insultar a Rajoy y a Ruiz Gallardón, que lo mismo nombran su führer a Esperanza Aguirre que confunden a MarÃa San Gil con la Virgen MarÃa.
Pero hacen tanto ruido sus inquilinos y los acreedores que acampan en sus cercanÃas, tanta bronca meten por escaleras, terrazas y ascensores, que nada impide, ni su sólida fachada, que todos acabemos enterándonos de los lÃos de familia.
El moroso
En el ático, vive el moroso, en realidad, el casero, un tipo acosado por sus acreedores, a los que un dÃa pidió el voto, pero que no quiere hacer frente a su deuda. Pidió prestados votos a tanta gente y tan dispar que no sabe cómo hacer frente a las deudas porque todos quieren cobrar al mismo tiempo con idéntico interés. Centristas, liberales de los de antes, liberales de los de ahora, conservadores de toda la vida, integrantes de sectas de misa diaria, alcaldes chorizos, presidentes de diputaciones imputados y fachas de estricto pedigrÃ, todos quieren cobrar los intereses devengados por ese capital que financió la construcción del inmueble de Génova, 13 Rúe del Percebe.
El ladrón
Un piso más abajo, vive el ladrón, un pobre diablo que malvive con el producto de sus robos. En la vieja rúe sin fachada, el caco se traÃa a casa los objetos más peregrinos e inútiles que encontrar se pueda, para desesperación de su esposa. En esta otra, de sólida y opaca fachada, se deciden las comisiones que los alcaldes y concejales se van a levantar por unas oportuna recalificaciones de terrenos. «En vez de los 600 millones, que nos dé 400 en billetes y nos los bajamos en una bolsa a Murcia», se oye decir a uno de sus personajes, un alcalde de Totana (Murcia), en una de las viñetas más graciosas.
Los gemelos
En ese mismo piso, pero en la puerta de la derecha (¡cómo no!), viven los gemelos, paradigma de los niños hiperactivos, revoltosos e indisciplinados. Se llaman Esperancita y Albertito, y tienen en constante sobresalto a sus padres. Lo que a uno se le antoja lo quiere el otro. De sus numerosas aventuras, destaca aquella en que ambos quisieron ir en las listas de Mariano Rajoy al Congreso en las pasadas elecciones, para asegurarse la pole position en la carrera por sustituir al dueño de la casa. No les importaba el desatender sus deberes para con sus votantes, quienes previamente les habÃan elegido como presidenta de la Comunidad y alcalde de Madrid, respectivamente.
La defensora de los animales
Un piso más abajo, vive MarÃa San Gil, la defensora de los animales. Se lleva a casa a todo tipo de bichos, aunque prefiere los más fieros y peligrosos para la democracia porque tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho y, a veces, ni en la habitación. Esta manÃa suya le ha provocado un conflicto insuperable con el casero, al que le gustan más las personas corrientes que los animales, las personas normales y sensatas, esas buenas personas que suelen acompañarle a las manifestaciones contra el Gobierno de Zapatero. La defensora de los animales tiene predilección especial por los cachorros de facha.
El sastre
A su lado, vive el sastre. Un hombrecillo insufrible, de bigote tipo cortina, encargado de hacer trajes a medida. Se le tiene por el confeccionador del último traje de la derecha, una mezcla extraña de estilos, combinación imposible de moda de los años cuarenta con toques de abrigo loden, sombrero tirolés, pantalón pitillo marcando paquete nacional, rosario de Lourdes y bufanda, incluso en verano, estilo que atesora la rara habilidad de no sentarle bien a ninguno de sus clientes. Tiene una curiosa tendencia a mimetizarse, como los camaleones. En el mitin en que Mariano Rajoy presentó a su famosa niña, la niña de Rajoy, el sastre llevaba puesto un Lacoste rosa monÃsimo que le enmarcaba muy bien la melenita, de esos jerseys que ya no se llevan ni en el mango de los paraguas.
El veterinario
Más abajo, habita el veterinario Acebes, quien ejerce a su vez de secretario general de la comunidad de vecinos. Su manera de actuar hace pensar que jamás pisó una facultad de veterinaria. Es de una torpeza terrible cuando ausculta a su fauna de pacientes, confundiendo siempre los tratamientos, intentando engañar al dueño del animal, para tapar su incompetencia, con medicamentos erróneos y falsos diagnósticos. Es uno de los personajes más graciosos. Su tira cómica estelar fue el invento de la teorÃa conspiranóica del 11-M, en la que intentaba dar el cambiazo a un cliente para que se llevase un animal islamista disfrazado de animal etarra. O al revés, que ya no me acuerdo. Pero seguro que era un animal.
Los realquilados
Una habitación muy movida ésta de los realquilados. Gente de paso, que busca una habitación donde cobijarse temporalmente a un precio razonable. El más famoso de los personajes realquilados es Manuel Pizarro, ex presidente de Endesa, al que el casero le alquiló este cuchitril con la promesa de que era una suite nupcial. Una de las mejores viñetas es aquella en la que todos los habitantes de la 13 Rúe del Percebe reciben entusiasmados al que creÃan el mirlo blanco de la próxima legislatura, en su viaje desde una poltrona del consejo de administración de Telefónica a la meca del cómic. En las últimas entregas, duerme mal porque se siente engañado.
El tendero
Uno de los personajes más pÃcaros de la historieta. Se llama Eduardo Zaplana, y recuerda al bruto de Manolito, el de Mafalda, un vendedor sin escrúpulos, chulesco, con tal ausencia de complejos que no le importa reconocer ante los clientes que acuden a comprar a su establecimiento que él ha puesto una tienda de ultramarinos para forrarse y no como un servicio a los habitantes de la Rúe del Percebe. Su momento estelar es aquel en que se larga de la casa con un contrato millonario en euros a una multinacional privatizada por el sastrecillo valiente de dos pisos más arriba. La tienda se le quedaba pequeña.
La portera
Parece un personaje de Almodóvar. Tiene un pie en la casa y otro, en la calle. Últimamente, vive más en la calle porque la gente está follonera y le trae noticias frescas del imperio. En la tira cómica de hace un par de dÃas, por ejemplo, vio cómo se le venÃan encima cientos de damnificados del casero, con pancartas y megáfonos, llamándole traidor y reclamando su dimisión. Gente toda ella de edad avanzada, «loewemente» ataviada, «chanelmente» perfumada, «suárezmente» enjoyada, religiosamente excitada por la Cope y sus púlpitos de odio, como cruzados de la causa dispuestos a tomar la Jerusalén Rúe del Percebe gobernada por un sarraceno que rindió la plaza a los nacionalistas periféricos.
El ascensor
En esta Génova, 13 Rúe del Percebe, nadie se atreve a usar el ascensor, anticuado y de frágil aspecto, como medida de prevención.
Por la casa, circula la leyenda de que en él habita un animal polÃtico, que emite unos extraños gruñidos en gallego y cuya edad se desconoce a ciencia cierta. Generalmente, hay un gran cartel sobre la puerta enrejada que dice: “no funciona”. Y nadie sabe si se refiere a la casa en general, al ascensor o al homo antecesor que lo habita y que se niega a desalojar.
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