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La resistencia de las sotanas

25 Marzo, 2008

María Jesús González Vázquez (escritora)
Cuando el traje talar sustituyó a la sotana y, sobretodo, cuando ya solo quedó el alzacuellos como distintivo de la condición sacerdotal, parecía que ciertos aires de modernidad llegaban al estamento eclesial de este país. El aire desenvuelto y cercano de muchos curas, su presencia en eventos de todo tipo, hacía pensar que, sin merma de sus creencias, estaban más cerca de las inquietudes y valores de la sociedad actual. En esta línea aparece una revista parroquial que recientemente ha pasado por mis manos: sacerdotes en camisa y sin alzacuellos, llamadas al uso de la palabra como instrumento de diálogo y no de confrontación, liturgias participativas sin discriminación etc. Todo esto sin perder su carácter y con el particular pero tolerable tufillo a Sacristía.

Viendo y leyendo este boletín, y comparándolo con las proclamas que parte de la Iglesia católica vierte a través de sus voceros, podemos pensar que solo quedan unos cuantos integristas con sotana, que si bien tienen el poder de hacer ruido, no encuentran mucho eco porque, en general, las parroquias están ya en un período postalar y la sociedad posee más conciencia crítica. Craso error de apreciación. Las sotanas resisten en gran parte de la comunidad eclesial, tienen voz en los medios más insospechados y, también sin ruido, intentan mantener una mentalidad arcaica en los temas más candentes de la actualidad y en los sectores de la sociedad que siempre les han sido más fáciles de manipular, como es el caso de las mujeres.

Sabido es cómo han controlado  a las mujeres de bien a través del tiempo por medio del confesionario o de las reuniones parroquiales, casi las únicas a las que podían asistir más o menos libremente  durante décadas. Ahora tienen que utilizar otros recursos para que todas no huyan del redil al que las consideran destinadas. Y como muestra de esta actitud traigo a colación el contenido de un artículo aparecido recientemente en las páginas de opinión de un diario de provincias, en el que tiene voz y espacio permanentes cierto preboste con, a mi juicio, inmerecida fama de lumbrera.

Voz que vierte en su espacio las ideas más retrógradas sobre las mujeres, utilizando las frases almibaradas y el halago para mantenerlas en su terreno, apuntalando la solemnidad caduca de una sotana oculta bajo un talar gris marengo. Todo el artículo rezuma soberbia respecto a la condición sacerdotal cuya autoridad requiere que le asistan en sus menesteres humanos de cada día, ignorando que muchos hombres sacerdotes o laicos por convicción o necesidad tienen que valerse por si mismos y son plenamente capaces cuando la salud y la voluntad les son propicias.

Pero el preboste lo ignora y hace un laudatorio discurso sobre las madres y hermanas de sacerdotes que han renunciado a su vida propia, incluso a sus carreras, como farmacia, por acompañarles y asistirles en sus necesidades domésticas, o a las señoras adineradas, que se sacrifican cada día acudiendo a los pueblos a prepararles la comida a los párrocos allí destinados. Mujeres abnegadas y discretas que saben ocupar su lugar: toda una declaración de principios sobre la función que las mujeres hemos venido a cumplir en la tierra, que es asistir a los hombres, máximo si son llamados a tan altas tareas, que no pudiendo tener una esposa para tales menesteres, deben de ser otras quienes les presten el necesario servicio.

Olvidando que también en el matrimonio religioso se pronunciaba la frase “compañera te doy y no sierva”, cuyo significado o no se ha querido entender o se ha neutralizado con otras doctrinas. También olvida el articulista, cuantos misioneros y misioneras del tercer mundo no precisan ni demandan asistencia personal alguna. Cuantas personas se mueren solas porque ninguna dama distinguida les dedica lo que le sobra en tiempo y posibles.

Y, finalmente olvida lo más importante para un seguidor de Jesús, Hombre y Dios suyo, cuyo ejemplo debería ser el mayor acicate para deponer la soberbia y no admitir en un papel de subalterna a ninguna mujer por razón de amor, sexo, familia o religión. Si sumamos estas opiniones al rechazo expuesto por otros clérigos a las ayudas públicas a madres solteras, tenemos que aceptar que las sotanas se mantienen vigentes y activas en la era postalar.

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