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Cuéntame un cuento

14 Febrero, 2008

IGNACIO MARRA DE ARTIÑANO
Son las seis de la tarde de un domingo cualquiera cuando oigo el timbre de mi puerta. Abro la puerta y he aquí mi sorpresa cuando veo a mi hijo junto a su hijo, es decir, mi nieto.

Me dice que le ha surgido un imprevisto y que debo pasar la noche con mi nieto. Sin dudarlo acepto. Invito a mi nieto a entrar.

– Oye, hijo, ¿querrías merendar algo? –le pregunto–.

Él afirma y mientras le preparo algo para comer, me inquiere: –abuelo, ¿tienes libros buenos en tu casa?

– Por supuesto ha montones de ellos.

– ¿Y, me contarías un cuento?

– Mmm…, porqué no. Te contaré uno sobre tesoros.

No me hizo falta decirla nada más ya que rápidamente vi en sus ojos una mirada de afirmación. Entonces me acerco a una estantería y cojo un viejo libro y ambos comenzamos a sumergimos en el susodicho cuento…

«Érase que se era cierto lugar donde el sol nunca caía, venciendo de manera eterna al manto oscuro que es la noche. En estas tierras de auge y florecimiento, eran múltiples las criaturas que habitaban. Tal era la variedad que no era difícil encontrar criaturas comunes como sabuesos hasta tan extravagantes como las místicas ninfas.

Aquí era donde vivía una joven muy singular. De rostro agraciado, de piel blanca como la nieve y con unos extraordinarios ojos negros, los cuales parecían conducir hasta lo más profundo de su corazón. Era delgada y con cuerpo sinuoso que completaba la presente elegancia de su talle. Su personalidad era dulce y delicada, si bien en su interior, era apasionada. Cualquiera podría considerarla feliz dado que no tenía problemas ni obligaciones. Quería y era querida en toda la comarca. Tanto que cada mañana, ella solía pasear por aquellos parajes y todos a cuantos se encontraba la saludaban y charlaban con ella. Y no le importaba su popularidad, sino aquellos que se la otorgaban.

Sin embargo una mañana, todo cambió.

En una de sus salidas, se encontró a dos de sus compañeros. Estaban hablando sobre impresionantes lugares donde la opulencia era regla general. Todos allí tenían grandes fortunas, valiosas obras de arte y residencias donde para orientarse sería necesario un plano. Quedo ella maravillada al oír tales prodigios y notó como un sentimiento nuevo afloraba en su interior. Cada día que pasaba notaba como crecía esta sensación de afectividad hacia estos lugares que poblaban sus sueños. Tan embaucada estaba en sus propios pensamientos que su relación con el resto de sus camaradas se iba distanciando con el paso del tiempo.

Y en estas circunstancias, tomó la decisión de partir hacia el emplazamiento que la mantenía en un estado de excitación permanente.

Llegado el momento, empacó sus escasas pertenencias y se fue sin mirar atrás, hacia lo que antaño fuera su patria, su vida.

Y así comenzó su búsqueda. Al principio el camino era llano y de escasa dificultad, pero según iba en aumento el relieve se iba complicando. Y así hasta llegar a unas grandes montañas.

Y fue aquí donde empezó el verdadero viaje. Pero jamás flaqueo su fortaleza, ya que su cuerpo se encontraba en penurias, pero su mente solo pensaba en el tesoro que conseguiría.

Atravesó los ríos más caudalosos, las cumbres más elevadas, los desiertos más voluminosos y las ciénagas más pestilentes, pero cada vez su esperanza de encontrar el tesoro que le esperaba. Más de una vez perdió la noción del tiempo y de la orientación, pero la rendición nunca estuvo presente en su propósito.

Y fue en este estado de paranoia como encontró las tierras que albergaban al tesoro. Ya simple vista, no le decepciono. Allá hacia donde dirigía la mirada encontraba grandes mansiones ajardinadas con plantas exóticas traídas de inhóspitos rincones del planeta. Catedrales adornadas con obras de arte de todos los periodos artísticos, como si cada uno de ellos pusiera su granito de arena en la creación de estas monumentales infraestructuras. Cada persona que veía lucía un atuendo aun más lujoso que el del anterior, con sedas y gemas combinadas con exquisito gusto.

Sin embargo había una cosa que le extrañaba entre la magnificencia de las tierras: el carácter de sus habitantes.

Cada vez que ella les saludaba como acostumbraba a hacer en su pueblo natal no sólo no obtenía respuesta alguna sino que, conseguía que la miraran con asco y repulsión. Y no solo era por su estado de errante sino por la naturaleza de los seres que poblaban estos parajes. Eran seres mezquinos, ruines y que no conocían el término amistad. Incluso llegó a pensar la joven que de sus cuerdas vocales solo pudieran emanar palabras de odio y enemistad. Ellos idolatraban a un único dios: el dinero. Era con lo único que se podía conseguir algo parecido a la amistad, que en realidad es una versión hipócrita donde el amor se veía reemplazado por un sentimiento de conveniencia y envidia.

Y fue entonces cuando la joven recordó su patria chica. Allí donde todos la saludaban y reinaba un ambiente de fraternalismo y convivencia. Recordó a cada uno de sus camaradas, y cada buen momento vivido con ellos, en los que no había reparado hasta que ya los había perdido.

Lo había perdido todo. Miro hacia el horizonte, donde se unían la tierra, símbolo de lo material; y el cielo, símbolo de lo espiritual. Al ver su equivocación , una única lágrima le recorrió el rostro hasta caer en la palma de su mano. Y reflejada en ella, vio su tierra natal y prometió que no sería la última vez que la viese”

Cerré el libro y mire la cara a mi nieto, el cual había escuchado con interés todo el cuento.

– Qué bonito cuento, abuelo. Pero, ¿por qué acaba aquí?

– Porque ella ya ha encontrado su tesoro. Lo tenía delante de ella y no lo supo apreciar.

Su tesoro eran los demás.

Y fue entonces cuando mirando a mi nieto; pensé que también yo había encontrado mi tesoro.

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