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Educación para la ciudadanía

28 Enero, 2008

JAIME ESCOBAR M.*
En la mayoría de las críticas a la Ley de Educación para la Ciudadanía, subyace la idea de que esta Ley prescinde de la moral cristiana, de que se olvida de Dios; en definitiva, de que pretende inculcar valores sin tomar en cuenta a la religión católica.

Es imposible ignorar que las enseñanzas cristianas impregnan de un trasfondo ético y moral a todas las actividades de la vida humana en Occidente. No se puede negar que conceptos tales como persona, familia, amor, libertad, dignidad, honradez, y tantos otros, tienen un firme sustento en la religión católica.

Pero de ahí a proclamar que esos valores son exclusivos del catolicismo y que la sociedad laica no puede transmitirlos a nuestros hijos, hay mucha distancia y sobre todo mucha ignorancia del pasado.

Recordemos unos pocos ejemplos centrados en Europa.

¿Cuándo surge el concepto de los derechos ciudadanos? Solamente en el siglo XVIII, con los enciclopedistas, en la época de la independencia de las colonias norteamericanas y de la Revolución francesa. Anteriormente (después de muchísimos años de dominio absoluto de la Iglesia, a la inmensa mayoría de las personas no se les reconocían derechos sociales de ningún tipo, dependían para todo de sus señores, no podían legalmente comprar tierras, ni siquiera podían educar a sus hijos, como no fuera para aprender un oficio. ¿Qué decir de la libertad de opinión y de expresión? Que se lo pregunten a Miguel Servet y a Giordano Bruno, que fueron quemados vivos en la hoguera por expresar “opiniones” distintas a las oficiales.

¿Cuándo se reconoce la dignidad de las mujeres? Recién a comienzos del Siglo XX empezó a gestarse su liberación, y no precisamente a iniciativas de la Iglesia. La teología escolástica medieval adoptó la antropología aristotélica, en la que se define a las mujeres como “hombres defectuosos”. Esta antropología fue defendida inicialmente por San Agustín y más tarde reforzada por Santo Tomás de Aquino, quien declara que las mujeres en sí mismas no poseen la imagen de Dios, sino sólo cuando la reciben del hombre que es “su cabeza”. Estaban recluidas en las labores del hogar y a muy pocas de ellas se le otorgaba la posibilidad de adquirir una elemental educación.

¿Cuándo empiezan los trabajadores a conquistar algunos derechos sociales y laborales? Solamente a consecuencias de la revolución industrial. La Iglesia había tenido muchos siglos de influencia absoluta y se había limitado a defender los privilegios del alto clero y de la nobleza.

Los grandes pensadores cristianos siempre defendieron la dignidad del ser humano como ser especial creado por Dios. Pero, a lo largo de centenares de años, la jerarquía eclesiástica se limitó a enseñar su catecismo e inculcar la práctica de los 10 mandamientos. Quiero decir que la Iglesia fue muy eficaz en enseñar las obligaciones de todo buen cristiano; pero, dejando de lado sus derechos. Los que tuvimos oportunidad de conocer poblaciones rurales hasta muy entrados los años 1950, recordamos a esos santos religiosos misioneros (incluso algún señor obispo) que iban por los campos inculcando a los campesinos sus obligaciones. Tras la prédica, pasaban a la mansión de los señores, y después de comer, beber y departir servilmente, salían felices y satisfechos, sin haber dejado ningún recordatorio de los derechos de los jornaleros.

No es lógico ni justo criticar actuaciones pasadas, con los criterios actuales. Los jerarcas de la Iglesia son hombres de su tiempo y como tales actúan en cada momento. Pero, tampoco es honesto que ahora los mandatarios eclesiásticos pretendan hacernos creer que la sociedad laica no tiene capacidad de compartir e impartir valores éticos y morales.

La verdad es que, si bien las enseñanzas religiosas se adaptan muy bien a los valores éticos y morales de un buen ciudadano, de ninguna manera se puede decir que sea imprescindible incorporar la enseñanza de la religión para inculcar estos valores a nuestros niños y jóvenes. La religión reforzará la educación para la ciudadanía, pero las conquistas cívicas y sociales de las que disfrutamos ahora, son fruto del esfuerzo de los pueblos y ellos se han ganado el derecho a educar a sus descendientes.

En resumen, fuera de la Iglesia también hay salvación. Dentro de la Iglesia hay gente honrada y fuera de ella también. Dentro de la Iglesia hay buenos ciudadanos y fuera de ella también. Mal informados y fanáticos, los hay por todos lados. Convivamos con ellos en paz.

*Es vecino de la Alameda de Osuna

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