Desde mi muerte
1 Octubre, 2007
PEPE KIOSKO
Estoy aquí vivo y por lo tanto no he muerto. La metáfora me otorga la visión de que sí lo he hecho.
Para mí, y con la diferencia lógica sé lo que pueden creer otros, morir es el auténtico motivo de igualdad que rompe todo y es cuando somos iguales. Doy gracias, y grandes, al que me dio la vida y me hizo ver y vivir lo que hoy disfruto. He resucitado en varios momentos de mi trayectoria, he descubierto que es más importante vivir para morir que vivir como autómata y no querer saber de futuro.
Yo concibo el fin de nuestros días como la misión de la auténtica verdad, se apagan las palabras pero empieza la razón y las verdades.
Entiendo que obtenemos el fin de un entorno y nos adentramos al camino de esperanza. Recibimos un asiento en la gran atalaya de la auténtica luz donde divisamos prados llenos de árboles silvestres. Los animales mansos ponen compases de unión y son compañías muy útiles. Todo es perfecto, todo es de todos, ni grandes ni pequeños. Seres de amor, de sinceridad y dueños de ternuras que componen delicias de amor con sinfonías de felicidad.
Por supuesto no es tan fácil, yo creo que, con el respeto a otros, tenemos que descubrir que hay que hacer algo para que ese después sea lo delicioso que esperamos.
Mientras nos llega el momento de cerrar los ojos a esta vida, nuestro tiempo aquí tiene que servir para resucitar al gran sentimiento que atesoramos de amor y de compartir, y unir brazos con los que sufren, con los que tienen menos, y luchar contra los acaparadores para que dejen de usurpar el sudor de los más pequeños y débiles. Dejémonos de infiernos y de dolor.
Después, hay un gran tren que se llama justicia, y sin parafernalias ni fronteras, nos lleva al principio nuevo que hayamos construido.
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