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El sí de los niños

10 Julio, 2007

IGNACIO MARRA DE ARTÍÑANO
«Salgo a la calle con mi familia, y observo un individuo totalmente distinto a mi. Su aspecto, su cara, su color de piel, sus prendas, se podría decir que provenimos de mundos diferentes. Siento un escalofrío y, sin embargo, mi hijo de 13 años se acerca a él sin ningún reparo. Lo llama por su nombre de pila y me lo presenta, es su amigo».

Vivimos en una nación donde los inmigrantes forman un colectivo muy amplio y que, a pesar de ello, se encuentra mayoritariamente entre las clases marginadas de la sociedad. Tanto es así, que si buscan en un diccionario de sinónimos anterior a 1995, la palabra bárbaro viene como sinónimo de la palabra extranjero, y yo a esto sólo lo puedo calificar con una expresión: «nos encontramos en pleno siglo XXI, pero continuamos con una mentalidad paleozoica». El hombre ha avanzado de manera inimaginable, pero en el fondo, no hemos abandonado aquellos tiempos en los que cada vez que se veía a alguien de distinta raza por las calles de la ciudad, se le consideraba un monstruo. Continuamos con ideas anticuadas, en las que consideramos a aquellos diferentes a nosotros como seres perjudiciales para el proletariado.

Nuestros prejuicios se forjaron siglos atrás, pero siguen presentes en lo más profundo de nuestro subconsciente, de tal manera que antes de hablar con cualquier persona ya nos esperamos una personalidad determinada por ciertos aspectos exteriores. Y, yo me pregunto: «¿acaso don Leandro Fernández de Moratín pensó en nosotros como los jueces de su obra de teatro?». Juzgamos por la apariencia, achacando de inconveniente todo aquello que se salga de los arquetipos formados por una sociedad antediluviana.

Estos aspectos alcanzan un ápice en la inmigración actual, propulsados por un sentimiento xenófobo, excesivamente difundido entre la población de nuestro país. Observamos a estas personas provenientes de millares de sitios en el mundo, y sentimos repulsión, tachando su cultura de incorrecta y desfigurada.

Sin embargo, esta situación está en mejora gracias a las nuevas generaciones, que libres de las terribles influencias que sufrieron nuestros progenitores, no albergan tales sentimientos. Castos de toda manipulación sufrida por la sociedad, miran más allá de lo exterior, y observan la riqueza de aquellas personas, que como todo currículo poseen la experiencia que les ha dado la vida. Ellos son el rayo de esperanza que hace posible una mejor estancia para aquellos que viven alejados de su patria. Son la oportunidad para aquellos que anhelan poder llamar a este pedazo de tierra «hogar».

Porque, a pesar de que muchos no lo quieran admitir, estos inmigrantes una vez también fueron niños, unos niños que nunca llegaron a conocer el significado de la palabra infancia.

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